El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

78 tanto lo infraterno como la destrucción de la tierra. Lo antiético es todo lo que nos tuerce la convivencia comu- nitaria. Tener ética es asumir como propio el dolor y la alegría que podemos provocar en los otros. Visto así, ¿cuál es el papel que tiene la biblioteca pú- blica respecto a la gente? ¿Con quién es su obligación: con el edificio o con la comunidad en donde está el edi- ficio? Dicho de otro modo: ¿su compromiso es con el ámbito del edificio o con la edificación del ámbito? Y si es así, ¿el bibliotecario conoce a la gente y las nece- sidades de su comunidad o solo somos aduaneros de la información y el conocimiento? ¿Cuál es su promesa con la cultura propia? En suma, ¿por qué y para qué se hace lo que se hace? Lo que ocurre es que no solo se trata del riesgo de caer en una mecánica del servicio, sino a favor de qué o quién está ese servicio. Si las bibliotecas se erigen para atender las carencias, el bibliotecario no puede ser un propalador de supremacías. Los bibliotecarios no somos vectores de epidemias enajenantes. Es aquí cuando se pone a prueba, además, la magni- tud de nuestra modestia, porque cuando decimos que vamos a informar es porque estamos dando por hecho que el otro está desinformado; decir que vamos a educar es equivalente a decir que los demás no están forma- dos; decir que se va a culturizar significa que —uno sí,

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx