El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
69 Este desgarrador episodio solo fue el inicio de una estación inacabable de penuria y de ignominia. Porque el problema no fue que el libro llegara, sino la forma en cómo llegó, la concepción del mundo que encarnaba y el régimen que lo usaba como estandarte. Lo que vino después no solo fue el látigo y la pe- nitencia, sino la dislocación de la mirada genuina, la denigración del camino auténtico, el envilecimiento de los propios sueños. Como dijera el poeta César Vallejo: «El cadáver, ¡ay!, siguió muriendo». A mediados del siglo XVI, durante la llamada extir- pación de idolatrías —aquella funesta campaña represi- va contra la sacralidad en el mundo andino—, el visita- dor español José de Acosta aconsejaba a los extirpadores refutar cualquier práctica cotidiana que constituyera pecado grave de los indios, por ejemplo: Mirar al sol naciente y saludarlo; conciliarse con palabras la benevolencia del río que va a pasar na- dando, observar el graznido o canto de las aves nocturnas o los animales, echar suertes sobre lo que ha de hacer, ofrecer a la tierra las primicias de las semillas o frutos, consagrar a los astros los hijos que les nacen… supersticiones de que está tan llena toda su vida… No hay enfermedad más grave de los indios…
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