El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
46 Con razón, en su prólogo, el señor Nebrija se cuidó de afirmar con solvencia: «Siempre la lengua fue com- pañera del imperio», aunque años antes esta expresión ya había sido sustentada por el italiano Lorenzo Valla, al referirse a la extensión del Imperio romano. Así, cuando asumimos el propósito de promover la lectura en el campo, ¿qué estamos promocionando? O, mejor aún, ¿de qué nos apropiamos al aprender a leer? ¿Del boleto de entrada al mundo que nos oprime o de sus claves para cambiarlo y tratar de hacerlo más justo? ¿Nos apropiamos de los libros o de sus causas, de sus potencialidades o de sus intenciones? ¿Cuánto aprende- mos a discernir, cuánto a enhebrar en el tejido de nues- tra auténtica historia, de nuestras más caras necesidades, de nuestras más colectivas urgencias? El solo hecho de convertirnos en alfabetos tiene, des- de ya, una incontrovertible connotación política. Por- que el analfabetismo no es la causa de nuestras miserias ni de nuestro supuesto subdesarrollo. Del mismo modo como el hambre es la consecuencia de la inequidad y de enseñoreadas estructuras injustas, el analfabetismo es la epidermis social del festinante monstruo económico. Y no porque un pueblo aprenda a leer saldrá —como por arte de magia— de la ignominia. A la inversa, el «conquistador» Francisco Pizarro era analfabeto, pero
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