El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

37 Luego, los libros regresaban al campo para comple- tar el circuito. No era solo como mirarse en un espejo, viendo lo que se había contado: era ver sus nombres y su mundo escritos en un elemento que siempre había sido intencionalmente negado. El ánimo de revivir y vigori- zar tenía una razón más para verse remozado. La lectura se convertía en un proceso comunitario de afirmación de la propia cultura. No estábamos congelando el saber comunitario, no estábamos «museizando» la cultura viva, no estábamos pretendiendo partiturizar la libertad de la palabra: está- bamos potenciando la capacidad de decir desde la pro- pia hondura, desde esa inmunidad colectiva que supo tramontar los silencios y los olvidos. El libro entonces dejó de ser solo un elemento refe- rencial para ser una herramienta de lucidez fructuosa. No se trataba de «poner en manos de los campesinos» un medio de integración educativa: se trataba de inver- tir la tendencia vertical de proporcionar arbitrariamen- te un supuesto beneficio. En este caso, el orden de los factores sí altera el producto. «Ahora no solo los leemos —decimos en las comunidades—, sino que los hacemos». El libro entonces sí puede tornarse en un cedazo en el que se ciernen las dificultades y donde se vislumbran las recuperaciones y alternativas. Entendemos que si el proceso de lectura no equivale a redimir y a fortalecer

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