El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

27 le apresuró la muerte, fue que, viendo leer y escri- bir a los españoles, pensó que era cosa que nacían con ella; y para certificarse de esto, pidió a un es- pañol de los que lo guardaban, que en la uña del dedo pulgar le es-cribiese el nombre de su Dios. El soldado lo hizo así. Luego que entró, le pre- guntó: «¿Qué dice aquí?». El español se lo dijo, y lo mismo dijeron otros tres o cuatro. Poco después entró Don Francisco Pizarro y, habiendo hablado ambos un rato, le preguntó Atahualpa, qué decían aquellas letras. Don Francisco no acertó a decirlo, porque no sabía leer. Entonces entendió el Inca que no era cosa natural, sino aprendida. Ocurre entonces que el libro se instaura en el mun- do andino con visos de incoherencia, con tendencias de manipulación, con alardes de poder irrebatible e inves- tido de prepotencia. Las formas de comunicación oral y natural en los Andes se hallaron a quemarropa con el libro como un fetiche del conocimiento ajeno y como un heraldo del dominio devastador de los invasores. En lo sucesivo, la palabra escrita se utilizó funda- mentalmente para mentir la historia de los indios y para despojarlos de sus derechos tradicionales. No era la ley lo que se escribía: lo que se escribía era ley. Atahualpa, como víctima respecto a un objeto y a un lenguaje que no supo comprender, se ve reproducido en

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