El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
155 «territorio» es usada, básicamente, en términos de su- perficie regional o delimitación jurídico-administrativa. El respeto del espacio natural, desde el punto de vista «físico», debe ser indicotomizable respecto a los espacios culturales. Así, un bosque también es un cuento, y vice- versa. Un río es un rito. Una calle, el espacio para ena- morar. Una danza es la plaza donde se danza, la fecha en la que se danza y la visión por la que se danza. «Defender» lo rural significa, fundamentalmente, equiparar (o restituir) el valor que tiene en cuanto tal, y no necesariamente respecto a lo urbano. De modo que «intangibilizar» los territorios —objetiva y subjetiva- mente— resulta categórico. Los territorios de los sabe- res son, a la vez, los saberes de los territorios. O, para decirlo de otro modo, el territorio de lo que conozco (y cómo lo conozco) es a la vez el conocimiento de ese territorio. La región de mi conocimiento es el conoci- miento de mi región. Siendo así, el esencial material didáctico puede ser el hábitat y el contexto; la verdadera currícula puede responder a las necesidades y capacidades creadoras de los niños; y el más franco y básico diccionario estaría en las páginas vivas de las comunidades. De modo que, para saber qué hacer en relación con la alfabetización, sería mejor preguntarle al propio analfabeto, más que al superexperto en alfabetización.
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