El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

154 Dadas dos formas diferentes de vivir —como las del campo y la ciudad, por ejemplo—, no tendría que haber razón alguna para confrontaciones ni desacuerdos. Pero no hay motivo para que en la ciudad nos arroguemos la facultad de extender nuestra visión de la realidad y las consecuentes alternativas para la vida del campo… del mismo modo que en la ciudad no se aceptaría que. desde el campo, se obliguen las medidas a tomar en las ciudades. ¿Existe el riesgo de pretender «integrar el campo a la dinámica urbana»? Por lo general —sea por un toque de infatuada suficiencia metropolitana (y consecuente subestima del campo) o por altruismo civilizador—, lo recurrente es transferir (lo que en el imaginario de la urbe se considera cómodo o progresista) a cualquier es- pacio sobre el que se sienta autorizado (desde sillas hasta avenidas asfaltadas, pasando por agua potable y cajeros automáticos, etcétera). Lo que pasa es que no solo es en términos físicos que se da el crecimiento urbano: se da, sobre todo, con la superestructura de lo urbano. Esto, en sí mismo, impli- ca una posición respecto al territorio. Y la consecuente desterritorialización de los espacios adyacentes, como por ejemplo, el campo. En la mayoría de los Planes de Lectura de América Latina, para citar un caso, la palabra

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