El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

145 Al subordinarse a un régimen estandarizado, la edu- cación no solo invisibiliza otras formas de atestiguar la vida, sino que desde niños nos desguañangan el encanto del mundo, nos colonizan las emociones y el misterio se vuelve un proscrito del poderío analítico. Parafraseando al maestro peruano Grimaldo Ren- gifo, lo que termina produciéndose son generaciones desafectas con la tierra y su cultura. Prueba de esta com- pulsión es que en las evaluaciones de rendimiento edu- cativo se impone la razón en desmedro de la ternura, de modo que se evalúa «razonamiento verbal» pero no «sentimiento decible»; se elogia a los contadores de nú- meros, pero no a los contadores de cuentos; se premia el rendimiento en una lengua ajena, pero se desprecia la vigencia de la lengua propia. Como hemos dicho en más de una ocasión, cuando escribimos ejercemos una potencia que no es neutral. No solo racionalizamos el mundo, sino que echamos mano de una tecnología cuya química puede convertir- nos en sus ministros. Por eso y más, hay también una reciedumbre portentosa en la tradición oral; su sola so- brevivencia es una prueba de esa energía que la fecunda. Cuando era niño —hace solo «algunos» años—, mi abuela Armantina Zorrilla me recibía en su casa recitan- do los versos que ella componía:

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