El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

143 nubes, pasando por las huellas de los pájaros en la arena y los rasguños de las fieras en los bosques. La escritura nació como la marca del territorio, la contraseña en el horizonte que nos cobija. La escritura invoca y evoca la huella. Y nos identifica con quienes comparten el mismo espacio, la misma primogenitura. ¿Cómo no asumir, entonces, que quienes están vincula- dos a la tierra tienen innatas posibilidades de concordar con la escritura sin que eso signifique la supresión de las diversas expresiones? Los alfabetos, incluso, nacieron bajo el auspicio y el impulso del propio entorno, de las pictografías que intentaron reflejarlo. Aleph es la antigua palabra semí- tica para «buey», por eso la letra A tiene la forma de la cabeza de un buey, aunque ahora con los cuernos hacia abajo. Beth significa casa y por eso, horizontal, tenía for- ma de carpa. La antigua palabra para «agua» era mem , de donde viene la letra m , que tiene forma de olas. La o tiene forma de ojo porque ese es su origen gráfico y la antigua letra qoph significa «mono», que es de donde viene la Q, un círculo con su cola. Es cierto que el signo, a la vez que condensó el pai- saje, fue disociándose de sus sentidos en la medida que adoptó una representación sonora. Si bien la escritura ganó en volumen pensante, perdió en sentido vincu-

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx