El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
142 ahora), no era salvaje ni vergonzoso que en esos 26 años de guerra perdieran la vida casi siete millones de euro- peos. Del total de víctimas, más de tres millones fueron civiles. Aquellas guerras incluían sangrientas matanzas y prácticas genocidas, violaciones, robo, rapiña, torturas y esclavitud sexual. Las mujeres, sobre todo, eran parte implícita en el botín de guerra. Unos años después, en 1900 —y puedo asegurar que no tengo el ánimo de cargar las tintas—, en la llamada Alianza de las Ocho Naciones que se formó para derro- tar el levantamiento Yihétuán (iniciado en China fren- te a las invasiones extranjeras), las fuerzas occidentales perpetraron masacres con especial ensañamiento. El pe- riodista George Lynch, testigo de esas atrocidades, dijo: «Hay cosas que no debo escribir y que no pueden ser impresas en Inglaterra, lo que parece mostrar que esta civilización occidental nuestra no es más que un barniz sobre la barbarie». No han sido las culturas ágrafas las que han estado detrás de las concepciones progresivamente depredado- ras de la historia humana. Y es fundamental recordar que la escritura es hija de la lectura originaria en el fabu- loso libro de la naturaleza. La escritura es heredera de las imágenes y huellas que la naturaleza nos fue mostrando, desde el caparazón de la tortuga hasta las formas de las
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