El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
138 «¡Ay, dolor!», y con esto dio a entender la gran pena que había sentido». De los casi 177 atacantes cristianos que arribaron a Cajamarca, solo 51 sabían leer y escribir, y, de estos, la mayoría solo garabateaba su nombre. Otro cronista es- pañol, Miguel de Estete, anotó sobre Atahualpa en sus escritos: «Era muy sabio y discreto, y aunque sin luz ni escritura, amigo de saber y de sutil entendimiento». Probablemente sin proponérselo, al describir así a Ata- hualpa, ubicaba en la oscuridad a todos aquellos que no sabían leer ni escribir; es decir, a la mayoría de sus propios paisanos. Dos preceptos sedimentarios se establecieron aquí a partir de todos estos acontecimientos: tierra y gente de nadie y escritura y libro de alguien. Como se sabe, el Papa Alejandro VI, un 4 de mayo de 1493, entregó a los reyes el continente descubierto: «a perpetuidad do- namos, concedemos y asignamos, a usted y a sus here- deros; y de ellas señores con plena, libre y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción». La propiedad y el vasallaje quedaron refrendados por esta cultura grafocéntrica descalificadora de todas las otras formas de concebir y comunicar el mundo. Los libros no podían hablar, pero obligaban a callar por la certificación que les otorgaban la gramática y la ley, al servicio del orden impuesto.
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