El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
133 ticiones», etcétera. Todas esas palabras llevan implícita una carga descalificadora, la impronta de la minusvalía. Las palabras adoptan una pose guillotinesca, la autori- dad grisácea de la academia, la superioridad cerebral del instruido. No es que de por sí las palabras sean cerce- nadoras, pero en determinado estrato han asumido el rango arbitrario del estereotipo. ¿Por qué las sensaciones se adscriben a lo primitivo y lo racional a lo civilizado? Es decir, ¿por qué la razón goza de la autoridad de la que los afectos carecen?, ¿En qué momento la percepción del entorno sucumbe fren- te a la descripción abstracta? ¿Cuándo es que los paren- tescos territoriales se allanaron para dar paso a los mapas conceptuales? ¿Cómo es que las comuniones pueden ser sustraídas por los inventarios y las filiaciones claudican ante lo contractual? ¿No será que miramos las cuadra- turas de la televisión y las computadoras, con tal acata- miento, que terminamos volviéndonos sus espejos, que cada vez más nos desnaturalizamos? No pretendo contestar ahora mis propias preguntas y quizá tampoco se trata de aspirar a encontrar la punta de la madeja, pero en el afán de redecir, repintar, redan- zar o reescribir nuestra propia historia, seguramente nos urge columbrar los entramados de este tejido que nos abriga y nos desnuda constantemente.
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