El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
132 — ¿No lo ves? Las hormigas nos están avisando. Miré a las hormigas y la verdad es que no escuché nada; miré al cielo y no vi una sola nube. Unas horas después, el cielo se preñó de nubarrones y el aguacero se desató tal como las hormigas habían dicho. Cuando se lo conté a César Burga, el comunero bibliotecario y padre de Maiquito, me preguntó: — ¿Vos no sentiste además el calor que avisa la lluvia? — ¿Te refieres al «sol de lluvia»? —le repregunté. — No —me explicó, clemente—: es el calorcito que uno mismo siente sabiendo que va a llover. Esa tarde escribí en mi libreta de campo: Estamos también perdiendo la capacidad de leer- nos a nosotros mismos. Felizmente las hormigas no van a la escuela: para aprender hay que ace- char y asombrarse siempre. La tierra no escatima enseñares. No hay más camino que esta juntura, generosa y fértil, de todos con todo, entre todos, por todo. En este país, los que más recuerdan son los más olvidados. Muchas veces, cuando se escuchan o se leen relatos como este, el intelecto emite casi mecánicamente pa- labras como «indígenas», «folklore», «creencias», «men- talidad prelógica», «costumbres», «arcaísmos», «supers-
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