El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
121 En las «Casas de la vida» se dinamizaban los escritos: se leía, transcribía, interpretaba y compartía. El texto cobraba vida, la palabra tomaba cuerpo. Y ese significa- do efervescente de los orígenes también nos interpela. Biblioteca es sinónimo de dinámica, no de mecánica. Biblioteca es sinónimo de movimiento, no de estacio- namiento. Pero quizá, más que tratarse de la forma, se trata del fondo, porque una biblioteca bien puede ser un artilugio de la maquinaria colonizadora si el conoci- miento que distribuye es puramente tributario del em- plazamiento hegemónico, es decir, el dispensario adoc- trinador de la ajenidad y la desmemoria. No podemos dejar de recordar que el libro entró a nuestra historia como presagio del infortunio. Desde su arribo en 1532 a la hoy Plaza de Armas de Cajamarca, el libro estuvo adscrito a la arbitrariedad de los letrados y al carácter irrefutable de las falsías que se documenta- ban. Pero el libro es el mensaje, no el mensajero. Y si hay maleficios, hay conjuros. Cuando hablamos del libro y las bibliotecas como un derecho conquistado, estamos refiriéndonos al rol que juegan el discernimiento y la capacidad soberana de los pueblos para aportar desde su propio contexto, desde su auténtico bagaje históri- co —desde su tenaz experiencia productiva y su recia constitución comunitaria—, a la vida de todo un país y
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