El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
120 aquellos cadáveres, abrió los ojos cuanto pudo, y exclamó: «¡Ahí los tenéis, malditos, saciaos a vues- tras anchas de tan hermoso espectáculo!» Con semejantes rudimentos, la construcción de la paz —cuyo sentido primario significa ensamblar— apunta a un trasplante de arquitectura esencial. La his- toria común latinoamericana enseña que no pueden relativizarse los martirios padecidos. Y que la potencia aniquiladora no es la llamada a dirimir las pólemicas. Enseña también que nuestra generación no puede refugiarse en «el estremecedor silencio de los bondado- sos», del que hablaba Martin Luther King. Porque esta realidad no es una circunstancia pasajera, no es un in- tervalo peregrino: es un desafío que demanda reedificar los cimientos. La biblioteca como espacio forjador de paz Las bibliotecas —como he mencionado alguna vez— no solo nacieron para evitar el olvido sino para avivar los recuerdos. Las primigenias, en Egipto, eran llama- das incluso «Casas de la vida», para diferenciarlas de los almacenes de papiros que eran llamados «Casas de los libros».
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