El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

105 tingue, con aquel que nos caracteriza en un colectivo o con aquel que me sujeta como individuo? El filósofo alemán Martin Heidegger, siguiendo los diálogos sofistas de Platón, afirmaba que «cada uno es él mismo lo mismo para sí mismo». O, con otra traduc- ción literal: «cada algo mismo es lo mismo —concreta- mente para sí mismo, consigo mismo—». En un contexto rural heredero de culturas originarias profundamente acendradas, en las que la naturaleza no está fuera sino dentro de uno, una división entre yo y el mundo para poder autodefinirse puede implicar un for- zado —e innecesario— distanciamiento cognoscitivo. Aunque hablamos castellano, la lengua se halla en forma y fondo impregnada por el sentido originario de las lenguas y culturas que lo amansaron. En el idioma quechua, por ejemplo, la palabra suq que denota al uno, significa a la vez otro. Uno es otro, y el otro es uno mis- mo. Y en aimara, la palabra naypacha , que se traduce como «yo mismo», significa realmente «soy tierra». El mundo no es una imagen proyectada por el hom- bre. Somos el mundo y podemos leer desde esa hondu- ra. Pero si la estructura del idioma escrito suprime la libertad de los contextos en beneficio de la gramática, la palabra puede dejar de aludir la realidad para referir únicamente el chasis sintáctico.

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