El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
a sí mismo. Y, como no podía mirar a Doradina ni apartar los ojos de ella, no podía creer que se hubiera convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, veía la preciosa figurita con una lágri- ma amarilla en sus mejillas de oro, y con una mirada tan compasiva y tan cariñosa que pare- cía que la misma expresión tuviese que ablan- dar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde luego, no podía ser. Así que Midas vol- vió a retorcerse las manos y a desear ser el hombre más pobre del mundo, si la pérdida de todas sus riquezas pudiera devolver al rostro de la niña el desaparecido color de rosa. Cuando estaba en lo más tremendo de la de- sesperación, de pronto vio a un desconocido en la puerta. Midas inclinó la cabeza sin pro- nunciar palabra, porque reconoció la misma fi- gura que se le había aparecido el día antes en el subterráneo para otorgarle la desastrosa fa- cultad del toque de oro. El rostro del descono- cido aún tenía la misma sonrisa, que parecía derramar amarillo lustre sobre la estancia, sobre la imagen de Doradina y sobre los
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