El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

pena y de lástima, endurecida y como tallada en su rostro, era la cosa más bonita y triste que ojos mortales hubieran visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y peculiares gracias de Doradina estaban en su estatua; hasta un encantador hoyito que tenía en la barbilla y que embellecía delicadamente sus rasgos fisonómicos. Pero, cuanto más perfecto era el parecido, mayores eran la agonía y de- sesperación del rey Midas al contemplar aque- lla imagen de oro que era lo único que queda- ba de su hijita. Siempre que Midas acariciaba a su hijita, solía decirle: “¡Vales más oro que pesas!”. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta, y el dolorido monarca comprendía, aunque demasiado tarde, cuán infinitamente más vale un corazón amante y compasivo, que le tenga a uno cariño, que todas las riquezas que puedan amontonarse entre el cielo y la tierra. Sería demasiado triste contaros cómo Midas, ahora que tenía todo lo que había deseado, empezó a retorcerse las manos y a maldecirse

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx