El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Él se inclinó a dar un beso a la niña y entonces comprendió que el amor de su hija valía mil veces más que todo lo que había ganado con el toque de oro. -¡Doradina, hijita, preciosa mía! -exclamó. Pero Doradina no respondió. ¡Ay, qué había hecho! ¡Cuán fatal era el don que el desconocido le había otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de su hija se obró en ella un cambio terrible. Su suave y sonrosado rostro, tan lleno de cariño, se puso amarillento, y lágrimas amarillas se habían pegado a sus mejillas. Sus hermosos rizos oscuros tomaron el mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas se volvieron duras e inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. ¡Oh, terrible desdicha! Víctima de su insaciable deseo de ri- queza, había convertido a su propia hija en una estatua de oro… Pues una estatua era ya aquella bellísima niña, y su última y atónita mirada de cariño, de
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