El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Estas reflexiones turbaron de tal manera al atribulado rey que empezó a poner en duda si, después de todo, eran las riquezas lo único deseable de este mundo, o lo más deseable de todo. Pero esto no fue más que un pensamien- to pasajero. Tan fascinado estaba con el brillo del metal amarillo que no hubiese querido re- nunciar al toque de oro por consideración tan mezquina como la de un desayuno. ¡Qué pre- cio por unos cuantos comestibles! ¡Y, además, perder tantos millones! ¡Es decir, cambiarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un panecillo caliente y una taza de café! “¡Sería demasiado caro!”, pensó Midas. Sin embargo, tales eran su hambre y la perple- jidad de la situación que volvió a quejarse en voz alta y con gran tristeza. Nuestra lindísima Doradina no podía soportarlo más. Observaba a su padre, intentando con todo el poder de su entendimiento comprender qué le pasaba. Luego sintió un deseo suave y triste de conso- larle, saltó de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le rodeó las piernas con los brazos.
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