El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-¡Papá! ¡Papá! -exclamó Doradina, que era una niña muy cariñosa-. ¿Qué te pasa, papá? ¿Te has quemado la lengua? -¡Ay, hija mía! -murmuró Midas tristemente-. ¡No sé qué va a ser de tu pobre padre! Y, en verdad, ¿habéis oído caso más lamenta- ble en toda vuestra vida? Tenía delante el desayuno más rico que pueda servirse en mesa de rey, y su misma riqueza lo volvía to- talmente inservible. El labrador más pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, estaba mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares va- lían literalmente tanto oro como pesaban. Y ¿qué iba a hacer él? Ya a la hora del desayuno Midas tenía muchísimo apetito. ¿Acaso ten- dría menos a la hora de comer? Y figuraos qué hambre de lobo tendría a la hora de la cena, que consistiría, sin duda, en manjares tan indi- gestos como los que entonces tenía delante. ¿Cuántos días podría sobrevivir a un régimen tan sustancioso?

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