El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
era de oro. Casi desesperado, se sirvió un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufrió un cambio análogo a los de la trucha y el panecillo. Lo cierto era el huevo parecía uno de los que solía poner la gallina de la fábula. “¡Vaya dilema! -pensó, recostándose en el res- paldo del sillón y mirando casi con envidia a su hijita, que estaba tomando sus sopas de leche con gran satisfacción -. ¡Un desayuno tan rico sobre la mesa y no poder probar ni un bocado!”. Esperando que a fuerza de darse prisa podría evitar el grave inconveniente, el rey Midas se echó sobre una patata caliente e intentó tra- gársela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el toque de oro era más rápido que él. Y se encontró con la boca llena, no por una pa- tata harinosa, sino por un pedazo de metal só- lido que le quemó la lengua de un modo tan horroroso que empezó a dar alaridos y a saltar y patalear por toda la sala, tanto le quemaba y dolía.
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