El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

porque era un pez de metal y parecía hecho con todo primor por el mejor joyero del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la cola eran delgadísimas pla- cas de oro; conservaba hasta las marcas del tenedor, y tenía toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien frito, exactamente imita- do en oro. Cosa muy bonita, como podéis su- poner, pero el rey Midas en aquel momento habría preferido tener en el plato una trucha de veras, y no aquella primorosa y valiosa imi- tación. “No comprendo -se dijo- cómo voy a arreglár- melas para desayunar”. Cogió uno de los panecillos calientes y, apenas lo partió, con gran mortificación suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de trigo más blanca), mucho más amarillo que si hubiese sido pan de maíz. En realidad, si hubiera sido pan de maíz le habría gustado a Midas mucho más que entonces, pues el brillo y el peso le hicieron comprender, sin género de duda, que

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