El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
todos sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecían sitios bastante seguros para guardar cosas de tanto valor como tazones y cafeteras de oro. Con estos pensamientos se llevó a los labios una cucharada de café, y al sorberla se quedó atónito; en el instante en que sus labios toca- ron el líquido, este se convirtió en oro derreti- do, y un instante después se solidificó, for- mando un terrón dorado. -¡Ah! -exclamó Midas casi con horror. -¿Qué te pasa, papá? -preguntó Doradina, mi- rándole, aún con lágrimas en los ojos. -¡Nada, mi niña, nada! -dijo Midas-. Toma la leche antes de que se enfríe. Se sirvió una de las truchas, y para probar tocó la cola con el dedo. Con gran espanto vio que se convertía, de trucha admirablemente frita, en un pez dorado, pero no como esos que se suelen ver en las peceras y estanques. No,
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