El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
cuentos, mientras esperaban que la niebla se desvaneciese por completo. -Sí, primo Eustace -dijo Siempreviva, que era una alegre chiquilla de unos doce años con los ojos risueños y la naricilla un poco respingona- : la mañana es la mejor hora para oír los cuen- tos con que tan a menudo pruebas nuestra pa- ciencia. Correremos menos peligro de herir tu suscep- tibilidad durmiéndonos en el momento más interesante… como nos pasó anoche a Mimo- sa y a mí. -¡Qué mala eres! -exclamó Mimosa, niña de seis años-. No me dormí: es que cerré los ojos para ver por dentro lo que Eustace nos estaba contando. Sus cuentos son buenos para oírlos de noche porque se puede soñar con ellos dormida; pero también son buenos por la mañana, porque se puede soñar con ellos despierta. Así que espero que nos cuen- tes uno ahora mismo. -¡Gracias, Mimosa! -dijo Eustace-. Tendrás el mejor de los cuentos que yo sea capaz de in-
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