El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Llevaba una blusa de lienzo, una gorra de paño y un par de gafas verdes que probablemente se había puesto no tanto para protegerse los ojos como por la dignidad que le daban. Sin embargo, podía habérselas dejado en casa, porque Pensamiento, diablejo travieso, se subió a los hombros de Eustace cuando se sentó en uno de los escalones del porche, le arrancó las gafas de la nariz y se las puso en la suya, y como al estudiante se le olvidó volver a cogerlas, cayeron en la hierba y allí se queda- ron hasta la primavera siguiente. Ahora bien: debéis saber que Eustace Bright había alcanzado entre los niños gran fama como narrador de cuentos maravillosos y, aunque algunas veces fingía que le molestaba que le pidiesen contar más y más, y siempre más, yo tengo mis dudas y pienso que no había cosa en el mundo que más le agradase. Había que ver cómo le brillaban los ojos aque- lla mañana cuando Trébol, Arándano, Mimosa, Campanilla y la mayor parte de sus compañe- ros le pidieron que les contase uno de sus
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