El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-No quiero rosas como esta -dijo Doradina, ti- rándola despectivamente-. No huele a nada, y con estos pétalos tan duros me araña la nariz. La niña se sentó a la mesa; pero estaba tan apurada por las rosas marchitas que no reparó en la transformación maravillosa del tazón de porcelana. Y más valió así. Porque Doradina estaba acostumbrada a di- vertirse mirando las figurillas raras y las casas y los árboles tan extraños que estaban pinta- dos en la superficie del tazón, y todos aquellos adornos habían desaparecido en el tono ama- rillo del metal. Midas se había servido mientras tanto una taza de café; naturalmente la cafetera, que no sé de qué metal era cuando la cogió, se había convertido en oro cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Pensó un momento que era de- masiado lujo para un rey de costumbres mo- destas como las suyas tener vajilla de oro para el desayuno, y empezó a pensar en el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar
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