El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

porte de la puerta -era de bronce un momento antes, pero fue de oro en cuanto sus dedos lo tocaron- y salió al jardín. Encontró en él, como de costumbre, muchísimas rosas: unas com- pletamente abiertas, otras en capullo. Su fra- gancia en el aire matutino era exquisita. Su color delicado era una de las más bellas cosas que se pudieran ver; tan amables, tan modes- tas, tan llenas de tranquilidad parecían aque- llas flores. Pero Midas sabía el modo de hacerlas mucho más preciosas, según su modo de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para conseguirlo se tomó la molestia de ir de rosal en rosal y ejercitó su toque de oro infati- gablemente, hasta que todas las flores y todos los capullos, y hasta los gusanillos que había en el corazón de algunas de ellas, se convirtie- ron en oro. Cuando estaba terminando esta faena, llamaron al rey Midas a desayunar; y, como el aire de la mañana le había despertado el apetito, se apresuró a volver a palacio.

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