El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tocarlos, los transparentes cristales se habían convertido en discos de amarillo metal, y por lo tanto eran inútiles como lentes, aunque como oro valiesen bastante. A Midas le molestó pensar que, con toda su ri- queza, ya nunca podría conseguir un par de lentes que le sirvieran para algo. “Pero, al fin y al cabo, qué más da -se dijo con mucha filosofía-. No podemos tener un gran beneficio que no vaya acompañado de algún ligero inconveniente. El toque de oro bien vale el sacrificio de un par de lentes, ya que no de los ojos. Los míos me servirán para los usos or- dinarios de la vida, y mi hijita Doradina pronto será lo suficientemente mayor para leerme todos los libros que necesite”. El sabio rey Midas estaba tan contento de su buena suerte que el palacio le parecía peque- ño para contenerla. Por consiguiente, bajó las escaleras y sonreía al observar cómo la balaus- trada y el pasamanos se iban convirtiendo en oro bruñido, según los tocaba. Levantó el pica-

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