El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tumbre. Sacó el pañuelo que su hijita había bordado para regalárselo. También se transformó: las puntadas primoro- sas que había hecho la niña con tanto cuidado eran ahora de hilo de oro. A pesar de todo, esta última transformación no dejó del todo satisfecho al rey Midas. Ha- bría preferido que el regalo de su hija se hu- biese conservado siempre como cuando, subida en sus rodillas, se lo dio con un beso. Pero no era cosa de afligirse por una peque- ñez. Midas sacó sus gafas del bolsillo y se las puso en la nariz para ver mejor cuanto le ro- deaba. En aquellos tiempos aún no se habían inventado las gafas para el común de los mor- tales, pero los reyes, sin duda, ya las usaban; porque, si no, ¿de dónde iba a haberlas sacado Midas? Con gran asombro, notó que aunque los cristales eran excelentes no veía nada a través de ellos. Era la cosa más natural del mundo, porque, al

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