El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

dotado con el toque de oro. El rostro del desconocido se puso entonces ex- traordinariamente brillante y Midas, a su pesar, tuvo que cerrar los ojos. Al volver a abrirlos no vio más que el único rayo de sol en el subterráneo, y a su alrededor el fulgor del precioso metal que había dedicado toda su vida a reunir. La historia no dice si Midas durmió aquella noche tan bien como de costumbre. Dormido o despierto, su espíritu estaba proba- blemente en el mismo estado que el de un niño a quien se ha prometido por la mañana un juguete nuevo. Apenas acababa de asomar el día por encima de los montes y el rey ya es- taba completamente despierto; extendió los brazos fuera de la cama y empezó a tocar cuanto se encontraba a su alcance. Estaba im- paciente por probar si realmente le había lle- gado el toque de oro, según la promesa del desconocido. Para convencerse pasó el dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama

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