El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
ción de satisfacer sus mayores deseos. Por consiguiente, había llegado el feliz momento y no tenía más que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se le ocu- rriese pedir. Así es que pensó, pensó y pensó, y amontonó en su imaginación montañas y montañas de oro sin llegar a figurarse una lo bastante grande para satisfacerle por comple- to. Por último, se le ocurrió una idea luminosa. Le parecía tan brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba. Levantando la cabeza, miró al desconocido a la cara. -Vamos, Midas -observó el visitante-; veo que por fin has pensado algo en que pueda satisfa- certe por completo. Dime lo que deseas. -Solo esto -respondió Midas-. Estoy harto de que me cueste tanto trabajo reunir mis teso- ros y de ver que después de tanto cansarme aumentan tan despacio.
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