El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Eres un hombre rico, amigo Midas -observó-. Me parece que no habrá en la Tierra otras cuatro paredes en las que se guarde tanto oro como el que tú has conseguido amontonar aquí. -He hecho lo que he podido… lo que he podi- do… -respondió Midas en tono descontento-. Pero, al fin y al cabo, esto no es nada si se con- sidera que he dedicado la vida entera a reunir- lo. Si pudiera vivir mil años, tendría tiempo para llegar a ser rico de veras. -¡Cómo! -exclamó el desconocido-. ¿Todavía no estás satisfecho? Midas movió la cabeza. -¿Y con qué te contentarías? -preguntó el fo- rastero-. Solo por curiosidad me gustaría sa- berlo. Midas se puso a meditar. Tuvo el presenti- miento de que aquel desconocido, con su lus- tre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, había venido con poder y con inten-

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