El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

mortal capaz de penetrar en la estancia donde guardaba sus tesoros, sacó en consecuencia que el visitante era algo más que un mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos días, cuando la Tierra era relativamente nueva, se suponía que debían venir a visitarla de cuando en cuando seres dotados de pode- res sobrenaturales, que solían interesarse por las alegrías y las penas de los hombres, las mu- jeres y los niños, medio en broma y medio en serio. Midas ya había tropezado antes con seres de esa índole, y no le disgustaba encon- trarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan amable, casi demasiado bondadoso, que habría sido poco razonable sospechar que venía con malas intenciones. Era más que probable que viniese a hacer un favor al rey Midas. Y ¡qué favor podría ser, sino aumentar sus montones de tesoros! El desconocido contempló toda la estancia. Y, cuando su brillante sonrisa hubo resplandeci- do sobre todos los objetos de oro que allí había, se volvió hacia Midas.

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