El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
pero, sea esto como sea, sigamos el cuento. Un día estaba Midas gozando de la contempla- ción de sus tesoros en el oscuro subterráneo cuando vio que una sombra caía sobre los montones de oro, y mirando de repente hacia arriba se encontró la figura de un desconocido erguido precisamente en el brillante y estre- cho rayo de sol. Era un joven de cara alegre y sonrosada. Quizá porque la imaginación del rey Midas ponía un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier otro motivo, no pudo evitar pensar que la sonrisa con que el desconocido lo miraba tenía una especie de radiación dorada. Lo seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los tesoros amontonados brillaban más que nunca. Hasta los más remotos rincones del cuarto participa- ban del misterioso resplandor y parecían ilu- minados cuando el desconocido sonreía, como si hubiese en ellos llamas o chispas. Como Midas sabía que había cerrado cuidado- samente la puerta con llave y que no había
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