El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
día en una habitación oscura y subterránea, en los sótanos de su palacio. Allí guardaba sus ri- quezas. En aquel agujero feísimo, que apenas podía servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quería ser completamente feliz. Después de cerrar cuidadosamente la puerta, cogía un saco lleno de monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una barra de oro pesadísima, o un celemín lleno de polvo de oro, y los llevaba desde los rincones oscuros del cuarto hasta el único sitio donde caía un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le deleitaba aquel rayo de sol, únicamente porque sin su ayuda no podía ver el brillo de su tesoro. Luego removía con las manos las monedas del saco, o tiraba la barra a lo alto y la recogía al caer, o hacía que se deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraña de su cara reflejada en la bru- ñida circunferencia de la copa, y se decía: “¡Oh, Midas, riquísimo rey Midas, qué hombre
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