El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Había plantado un jardín donde crecían las rosas más grandes y hermosas que haya visto u olido ningún mortal. Las rosas seguían creciendo en el jardín, tan bellas, tan grandes y tan fragantes como cuan- do Midas solía pasarse horas enteras mirándo- las y gozando de su perfume. Pero ahora, si las miraba, era solo para calcu- lar cuánto más valdría el jardín si cada uno de los innumerables pétalos de las rosas fuese una lámina de oro fino. Y, aunque también en otros tiempos fue muy aficionado a la música (a pesar de la historia que cuenta que sus ore- jas se parecían a las de los burros), la única música agradable ahora para el pobre rey Midas era el tintineo de las monedas. Por fin (porque la gente se vuelve cada día más tonta, a no ser que tenga buen cuidado de hacerse cada día más y más cuerda), el rey Midas llegó a ser tan poco razonable que no podía ver ni tocar cosa que no fuese de oro. Y adoptó la costumbre de pasar gran parte del
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