El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero, cuanto más la quería, más ansia le entra- ba de adquirir, buscar y amontonar riquezas. Pensaba tontamente que lo mejor que podía hacer por aquella niña a quien tanto quería era amontonar para ella inmensas cantidades de monedas amarillas y brillantes. Así que jamás pensaba en otra cosa. Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman al ponerse el sol, solo deseaba que fuesen de oro verdadero para poder guar- darlas en su cofre. Cuando venía Doradina sal- tando y riendo a buscarle con un ramo de flo- res amarillas del campo en la mano, lo único que le decía era: -¡Bah! ¡Bah, hijita! Si esas flores fueran de oro, como parecen, entonces sí que valdría la pena recogerlas. Y, sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente dominado por el enfermizo deseo de riquezas, había sido muy aficionado a las flores.

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