El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

rrido mostrar las brillantes cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? Habría podido dormir la siesta en paz y tranquilamente. Pero el primo Eustace, como creo haber indi- cado antes, era tan aficionado a contar cuen- tos como los chiquillos a oírlos. Su entendi- miento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y apenas requería impulso exterior para ponerse en movimiento. ¡Cuán diferente este espontáneo juego de la inteligencia, de la educada diligencia de los años maduros, cuando la tarea se ha hecho fácil a fuerza de costumbre y el trabajo del día es indispensable para la felicidad del día, aun- que todo lo demás se haya desvanecido como una pompa de jabón! Pero esta observación no hace falta que la oigan los niños. Sin hacerse rogar más, Eustace Bright empezó a contar el cuento siguiente, realmente es- pléndido. Se le había ocurrido mientras estaba tumbado en el suelo mirando la copa de un árbol, observando cómo el toque del otoño

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