El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
nueve valerosos argonautas, dirigirse ensegui- da con ellos al bosquecillo de Marte, acabar con el dragón, tomar posesión del vellocino de oro, embarcarse en la nave Argo y zarpar a toda vela rumbo a Iolco. Es cierto que el éxito de su empresa dependía del hecho dudoso de que aquellos cincuenta héroes no fueran de- vorados de cincuenta bocados por el terrible dragón. Sin embargo, cuando Jasón bajaba a toda prisa la escalinata de palacio, oyó la voz de la princesa Medea rogándole que volviera. Y el brillo de sus ojos reflejaba tanta inteligen- cia y astucia que el joven sintió como si una serpiente estuviera a punto de surgir de ellos; y, a pesar de todo lo que le había ayudado la noche anterior, Jasón se preguntó cuánto tiempo tardaría en traicionarle. Pues debéis saber que nunca se puede confiar en una hechicera. -¿Qué te ha comunicado el rey Eetes, mi real y honorable padre? -preguntó Medea con una ligera sonrisa-. ¿Te entregará el vellocino de
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