El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

permitían. Y, como el joven había sido tan afortunado con los toros de bronce y con los dientes del dragón, el malvado soberano temía que también lograra derrotar al dragón. Por todo ello, a pesar de que habría disfrutado enormemente viendo a Jasón devorado de un bocado, tomó la decisión (y fue algo realmen- te perverso por su parte) de evitar a toda costa que aquel joven pudiera llevarse el vello- cino de oro. -Jamás lo habrías conseguido -exclamó- si mi ingrata hija Medea no te hubiera ayudado con su magia. De haber actuado con honradez, en estos momentos no serías sino un montón de carbonilla o de cenizas blancas. Te prohíbo terminantemente acercarte al vellocino de oro y, si desobedeces mis órdenes, no dudaré en condenarte a muerte. Hablando con claridad, nunca dejaré que poses tu mirada en una sola de sus brillantes guedejas. Jasón se retiró entristecido y furioso. No se le ocurrió nada mejor que reunir a sus cuarenta y

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