El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-Pareces agotado, príncipe Jasón -observó el monarca-. Tienes aspecto de haber pasado la noche en vela. Espero que hayas reconsidera- do la cuestión con un poco más de calma, y hayas decidido que no merece la pena achi- charrarse tratando de amansar a mis toros con pulmones de bronce. -Me complace comunicarte, majestad -replicó el joven-, que ya he amansado y colocado la yunta a tus toros, y que ya he esparcido y sem- brado en la tierra los dientes del dragón; y he visto brotar de ellos un ejército de guerreros armados, que no han tardado mucho tiempo en exterminarse entre sí. Te ruego que ahora me permitas enfrentarme al dragón, con el fin de descolgar del árbol el vellocino de oro, y poder regresar así junto al rey Pelias con mis cuarenta y nueve compañeros. El rey Eetes frunció el ceño y pareció suma- mente contrariado; pues debía respetar su promesa real, y dejar que Jasón se llevara el vellocino de oro, si su audacia y habilidad se lo
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