El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

chos y oxidados yelmos. ¿Acaso has podido re- primir una sonrisa al ver el engreimiento del último guerrero justo antes de morir? -No hables así, princesa Medea -respondió Jasón con gravedad-. Todo esto me ha apena- do profundamente. Para serte sincero, des- pués de lo que acabo de presenciar, la con- quista del vellocino de oro ya no me parece tan importante. -No pensarás lo mismo cuando amanezca -afir- mó la joven-. Es cierto que el vellocino de oro no es tan valioso como pensabas; pero te ase- guro que no existe nada más prodigioso. Y, ahora, partamos de aquí. Lo cierto es que has salido victorioso de tus dos primeras pruebas. Mañana podrás contárselo al rey Eetes. Siguiendo con agrado el consejo de Medea, Jasón se presentó de madrugada en el palacio del rey Eetes. Conducido ante la presencia del soberano, se inclinó al pie del trono, haciendo una profunda reverencia.

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