El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

había perpetrado. En un espacio de tiempo in- creíblemente corto (casi igual al que habían necesitado para salir de la tierra), apenas quedó uno de aquellos feroces héroes con vida. Como podéis imaginar, se trataba del más fuerte e intrépido de todos, aunque, des- pués de tan cruenta batalla, casi no le queda- ran fuerzas para blandir su espada ensangren- tada. -¡Victoria! ¡Victoria! ¡Gloria eterna! -vociferó enardecido, antes de caer muerto entre los ca- dáveres de sus hermanos. Y ese fue el fin del ejército que había brotado de los dientes del dragón. Aquella feroz batalla fue la única alegría que tan vehementes gue- rreros conocieron en su paso por este mundo. -¡Dejemos que duerman en el lecho del honor! -exclamó Medea, con una maliciosa sonrisa-. El mundo siempre estará lleno de necios dis- puestos a luchar y a morir sin saber por qué, imaginando que la posteridad se tomará la molestia de coronar de laureles sus maltre-

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