El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-¡Arrójala inmediatamente entre ellos! -le gri- tó-. Es el único modo de salvarte. Los hombres armados se encontraban tan cerca que Jasón podía distinguir con claridad el fuego que desprendían sus coléricos ojos. La piedra golpeó contra el yelmo de un inmenso guerrero, que corría hacia él con su espada en alto, y fue a rebotar contra el escudo de uno de sus compañeros, antes de desviarse hacia un gigantesco soldado de rabioso semblante, a quien asestó un buen porrazo justo entre las cejas. Cada uno de los tres hombres creyó que la pedrada provenía de su vecino más próxi- mo, por lo que, en lugar de correr hacia Jasón en busca de venganza, empezaron a pelear unos con otros. El caos entre el ejército fue cada vez mayor; y unos instantes después lu- chaban ferozmente, clavándose las espadas, cortándose brazos, cabezas y piernas, y reali- zando tales proezas que Jasón no pudo sino admirarse. Y estalló en sonoras carcajadas al contemplar a aquellos poderosos hombres destrozándose por una ofensa que solo él
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