El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

camaradas! ¡Vencer o morir! Y continuaron lanzando gritos de guerra, como cualquier soldado en el campo de batalla; y puedo aseguraros que aquellos hijos de los dientes del dragón conocían cientos de ellos, y parecían tenerlos siempre en la punta de la lengua. Finalmente, la vanguardia reparó en Jasón, quien, al ver el fulgor de tantas armas a la luz de la luna, había desenvainado su espa- da. Y los terribles guerreros creyeron que se trataba de un enemigo. -¡Protejamos el vellocino de oro! -vociferaron, mientras corrían hacia él con las espadas en alto y las lanzas preparadas para el ataque. Jasón sabía que no podía enfrentarse solo a aquel batallón sediento de sangre pero, como no tenía otra opción, se mostró dispuesto a morir con valentía, como si también él hubiera nacido de los dientes de un dragón. Medea, sin embargo, le ordenó coger una gran piedra del suelo.

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