El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

llegado a este hermoso mundo bajo la suave luz de la luna, no podían sentir más que hosti- lidad y rabia, y no deseaban sino descuartizar a sus congéneres (como si esto fuese lo único que se les ocurriera para agradecer el regalo de su propia existencia). Sin duda ha habido muchos ejércitos tan feroces como aquel que acababa de brotar de los dientes del dragón; pero ninguno de ellos fue menos culpable que este, pues no debemos olvidar que esos terri- bles guerreros jamás tuvieron a una mujer por madre. ¡Cuánto se habría alegrado un gran ca- pitán que ambicionara conquistar el mundo, como Alejandro o Napoleón, de recoger una cosecha de soldados poderosamente armados con la misma facilidad que Jasón! Durante algún tiempo, los guerreros siguieron blandiendo sus armas y golpeando los escudos con sus espadas, mientras la impaciencia por iniciar la lucha corroía sus entrañas. -¡Al enemigo! -gritaron al unísono-. ¡A la carga! ¡Victoria o muerte! ¡Ánimo, valientes

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