El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
caso, nuestro héroe lo hizo con habilidad y, nada más anochecer, terminó de arar aquella enorme extensión de tierra negra, en la que ahora debía plantar los dientes del dragón; y el joven los sembró a voleo, allanando el te- rreno con una grada. Una vez concluida la tarea, se alejó, preguntándose qué ocurriría a continuación. -¿Habrá que esperar mucho tiempo para la re- colección? -preguntó a Medea, que acababa de llegar. -Tarde o temprano, ten la seguridad de que crecerán -respondió la princesa-. Cuando se plantan los dientes de un dragón, siempre nace una cosecha de guerreros. La luna había llegado a su cenit, y sus lumino- sos rayos caían sobre el campo recién arado. Un granjero habría dicho que pasarían sema- nas antes de que aparecieran los primeros brotes, y meses antes de que el dorado grano estuviera maduro. Sin embargo, poco des-
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