El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

vertido en incandescentes ascuas o en blancas cenizas, en cuanto echara a andar. Por ello, soltando la mano de Medea, avanzó valerosa- mente hacia el lugar que le había señalado. A cierta distancia, observó cuatro chorros de humeante vapor, que aparecían y desapare- cían en el aire tras proyectar su débil luz en medio de la oscuridad. Como podéis imaginar, era el aliento que exhalaban las cuatro fosas nasales de los toros de bronce, al tiempo que rumiaban tranquilamente sobre la hierba. Cuando Jasón dio dos o tres pasos, los cuatro chorros humeantes parecieron aumentar su intensidad; pues los dos toros de bronce ha- bían oído sus pasos, y levantaban sus llamean- tes hocicos para olfatear el aire. El príncipe continuó avanzando y, por el modo en que surgía el rojo vapor, comprendió que las cria- turas acababan de ponerse en pie. Y pudo ver el brillo de las chispas, así como las intensas llamaradas. Al dar un paso más, los fuertes bramidos de los toros retumbaron en la dehe- sa, y su terrible aliento de fuego iluminó los

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