El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
por la profundidad de su mirada. Si Jasón hubiera sido capaz de sentir miedo, el peor de sus temores habría sido tener a aque- lla joven princesa como enemiga; pues, a pesar de su hermosura, podía convertirse en un instante en un monstruo tan terrible como el dragón que vigilaba el vellocino de oro. -Princesa -exclamó-, pareces realmente sabia y poderosa. Pero ¿cómo podrás ayudarme? ¿Acaso eres una hechicera? -Sí, príncipe Jasón -respondió sonriendo-. ¡Acabas de dar en el clavo! ¡Soy una hechice- ra! Circe, la hermana de mi padre, me enseñó todos sus encantamientos. Y podría decirte, si así lo deseara, quién era aquella anciana del pavo real, la granada y el bastón con el puño tallado en forma de cucli- llo, a la que ayudaste a cruzar el río; y contarte quién te habló a través de los labios de tu mascarón de proa. Como ves, conozco algunos de tus secretos, y eres muy afortuna-
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